En el Antiguo Testamento, había un gran contraste entre la naturaleza de Dios expresada en la Ley, y la naturaleza del hombre que tendría que obedecerla. Así que para el ser humano era imposible poder cumplir con las leyes y mandatos de Dios, de manera que ninguno, sí, estás leyendo bien, ni aún uno (Romanos 3: 10), pudieron tener acceso a la gloria de Dios
a través de la Ley.

Pero, ¡Dios es bueno!

La naturaleza humana es de pecado como descendientes de Adán, y Dios sabiendo ello, nos envió a Su propio hijo Jesucristo, como un ser humano, para que cumpliera totalmente con toda la Ley, tanto en la obediencia, como en el castigo correspondiente a todos los pecados de la humanidad.

¡Qué plan más extraordinario de Dios! Un ser humano nacería sin esa naturaleza de pecado, un hijo de Dios y no uno de Adán. Un ser humano capaz de abrir la puerta para todos los demás seres humanos hacia la Gloria de Dios. Su obediencia ganó el derecho a la Gloria de Dios.

Creo que esta es una razón maravillosa para alegrarnos y alabar a Jesús, para festejarle eternamente. Jesús nos abrió la puerta para vivir en la Gloria de Dios.

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